¿Quién le muestra la cuenta?
Todos los días, sin notarlo, usted pone plata en el fondo común más grande de Chile, y tiene derecho a saber en qué se gasta.

Hoy usted ya le pasó plata al Estado, aunque no lo haya notado. No fue en abril, cuando se declaran los impuestos. Fue hoy, esta mañana, en cosas chicas. En el pan que compró, en la bencina que echó, en el cuaderno que le pidieron en el colegio, una parte del precio se fue a un fondo enorme que pagamos entre todos los chilenos. Con esa plata se sostiene el CESFAM de su barrio, el liceo de la esquina, la plaza, el camino. Es el gasto común más grande del país. Y hay una pregunta que casi nunca nos hacemos. ¿Alguien le muestra en qué se gastó?
Piénselo con algo que conoce de cerca. Si vive en un edificio, paga gastos comunes todos los meses. Esa plata la junta un administrador y la usa en cosas de todos, como el ascensor, la luz de los pasillos o el sueldo del conserje. ¿Qué pasaría si ese administrador nunca le mostrara en qué se gastó? Usted preguntaría una vez, después otra, y si no hay respuesta, dejaría de confiar. Le parece de lo más razonable, ¿cierto? Con el país pasa igualito, solo que el edificio tiene casi veinte millones de personas y la cuenta es gigante.
Hace más de doscientos años, un filósofo alemán, Immanuel Kant, dejó una idea que le sirve a cualquiera que maneje plata ajena. Venía a decir que una decisión está bien tomada cuando uno puede contarla en voz alta, entera y con sus razones. Vuelva al edificio. El administrador que dice «coticé con tres empresas y elegí la más conveniente» lo cuenta tranquilo en la reunión. El que le arregló algo a un conocido a precio inflado, ¿lo contaría con la misma tranquilidad delante de todos? Usted ya sabe la respuesta. Por eso, cuando el Estado publica con claridad en qué gasta, está haciendo bien su trabajo, ni más ni menos.
Un inglés, John Locke, miró lo mismo desde el lado suyo, el del que pone la plata. Su idea es sencilla. Cuando usted paga impuestos, esa plata sigue siendo de todos los que pusieron, y el gobierno solo la administra. Y como en cualquier edificio, el que pone tiene derecho a revisar cómo se usa lo de todos. Imagine que ese derecho no se puede ejercer, porque las cuentas no están o están escritas en un idioma que solo entiende un experto. Usted seguiría poniendo la plata, pero sin poder mirar cómo se usa. Y mirar cómo se usa lo de todos es, al final, la forma más concreta de seguir siendo dueño de su parte.
¿Y esto funciona de verdad, o es pura conversa? Mire lo que pasó afuera. En Uganda, el gobierno mandaba plata a las escuelas y en el camino se perdía la mayor parte. ¿La solución? Algo tan simple como publicar en el diario cuánto le tocaba a cada escuela, para que los apoderados pudieran reclamar lo que no llegaba. La plata empezó a aparecer, y las escuelas pasaron a recibir más del 80% de lo suyo. En ese mismo país, a unas comunidades de campo les pasaron una hoja con los números de su posta, y un año después estaban muriendo un tercio menos de niños chicos. Y en Brasil, cuando empezaron a publicar las auditorías de los municipios, los alcaldes administraron mejor. Son lugares muy distintos al nuestro, y en todos ocurrió algo parecido. Cuando la gente pudo ver la cuenta, las cosas mejoraron.
En Chile hay con qué empezar, y vale reconocerlo. Existe una regla seria para cuidar la plata del país y un Consejo Fiscal Autónomo que revisa los números grandes. Y existe Mercado Público, donde queda anotada cada compra del Estado; el año pasado pasaron por ahí más de 17 mil millones de dólares. O sea, la cuenta ya está escrita. Lo que falta es que usted pueda leerla. Que una vecina de Conchalí vea qué le llegó a su CESFAM. Que un apoderado de Purranque sepa cuánto recibió el liceo. Que en Putre se conozca lo que se invirtió en la posta, y que en Punta Arenas se pueda comparar el barrio con la comuna de al lado. En eso trabaja Tuwün, desde la sociedad civil, tomando esas cuentas y traduciéndolas a algo que cualquiera pueda leer sin pedirle ayuda a un contador. La plata ya está puesta. Falta que la cuenta esté a la vista.
Así que la próxima vez que compre el pan, acuérdese de que ahí va su cuota para el país, y de que tiene todo el derecho a preguntar en qué se usó, igual que preguntaría por los gastos comunes de su edificio. Hágase esa pregunta, que es suya y de todos los días. ¿Puede usted leer la cuenta de la plata que pone?
Referencias: Kant, La paz perpetua (1795); Locke, Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1689). Casos: Reinikka & Svensson, J. Public Economics (2011); Björkman & Svensson, Quarterly Journal of Economics (2009); Avis, Ferraz & Finan, Journal of Political Economy (2018); ChileCompra, Cifras Nacionales Mercado Público 2024.